Ibiza – Formentera

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Ibiza y Formentera en Catamarán: un viaje que no quieres que termine

Navegar por Ibiza y Formentera en catamarán es vivir el Mediterráneo de forma distinta. No se trata solo de recorrer las Baleares, sino de dejar que el mar marque el ritmo, de despertar en calas escondidas, de compartir mesa con sabor local y cielo abierto, y de crear un viaje que no se mide en kilómetros, sino en momentos.

Zarpamos desde San Antonio, con el privilegio de contar con amarre propio en puerto, lo que hace que el embarque sea cómodo y fluido desde el primer momento. Disponer de atraque no es solo un lujo práctico, es el punto de partida perfecto: fácil para cargar la compra, organizar el equipaje, conocer al grupo y preparar el catamarán con calma y buen ritmo. Entre risas, cervezas frías que ya empiezan a sonar, y esa energía de los viajes que están a punto de empezar, nos vamos sintiendo en casa. Y cuando soltamos amarras, ya estamos en modo mar.

En pocas horas ya estábamos fondeados frente a Cala Bassa o Cala Comte, estrenando el primer baño con ese “clic” interior que solo da el mar al tocar la piel.

Al sur, la navegación nos lleva hacia Es Vedrà, ese gigante de piedra que aparece en silencio y nos recuerda que esta isla tiene algo que no se explica, solo se siente. Las tardes acaban en Cala d’Hort o Porroig, con cenas en cubierta, vino rosado, risas suaves y planes que se deciden en el momento.

La llegada a Formentera siempre es especial. En Espalmador, la isla deshabitada, vivimos cómo la luna llena salía mientras el sol se escondía al otro lado del mar. El grupo callaba, no por falta de palabras, sino porque sabíamos que estábamos viviendo algo único.

Y al amanecer, Ses Illetes nos regaló un despertar de los que se quedan grabados. El mar en calma total, el silencio, el café caliente en mano, y el grupo repartido por la cubierta, todavía con sal en la piel y calma en el cuerpo.

Pero si hay un momento que une lo mejor del mar con la esencia local, es el día que fondeamos en Cala Saona.

Allí, bajo el sol y con el catamarán perfectamente anclado, pedimos paella a bordo, servida desde tierra en una pequeña embarcación que nos la trajo directamente al barco. El arroz todavía humeante, el aroma de marisco, y el contraste perfecto con nuestra propia selección de aperitivos, vinos blancos bien fríos y fruta cortada al estilo mediterráneo.

Ese almuerzo fue un lujo sencillo y exquisito. Comer en el catamarán, con los pies descalzos, una copa en mano y la mejor vista de Formentera delante, es un privilegio que pocas veces se vive con tanta naturalidad.

La tarde siguió con una ruta de snorkel y paddle a las cuevas de Cala Saona, chapuzones entre posidonia y alguna charla pausada que no necesitaba nada más. A veces, el silencio era la mejor parte del plan.

Otra jornada nos llevó a rodear la isla por el oeste, dejando atrás Mitjorn y acercándonos al mítico Blue Bar, donde fondeamos justo a tiempo para una cena con los pies casi en la arena. Música suave, cócteles con hielo y un cielo que parecía pintado acompañaron esa noche lenta, de esas que no se quieren cerrar.

En la ruta norte, la energía cambió. Portinatx nos recibió con una cena en su restaurante más emblemático. En Cala Xarraca, desplegamos las tablas y salimos a remar entre cuevas y formaciones rocosas que solo se ven desde el mar. Y cuando llegó el atardecer en Benirràs, entendimos por qué la gente vuelve allí año tras año: el sol bajaba entre las colinas mientras los tambores de la playa marcaban el ritmo de una despedida mágica.

La última noche volvió a llevarnos a San Antonio, donde el sunset desde Café del Mar o Mambo Café cerró la travesía. El grupo, ya convertido en tribu, miraba el mar con otra mirada. La paz y el placer que siente el cuerpo tras estos días de navegación, música suave, y la sensación de haber vivido algo que no cabe en fotos.

Porque esto no fue solo una semana en el mar. Fue un viaje íntimo, compartido, lleno de esos momentos que solo suceden cuando se mezcla el viento, el mar y las personas adecuadas.

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